El tatuaje siempre me ha acompañado


Javier Muñoz Aránguiz, autor de la Historia del Tatuaje en Chile

Creo que todo empezó con Guns and Roses. Estaba en sexto básico, era fanático de la banda, y en ese tiempo ellos eran de las personas más tatuadas que uno podía ver en Chile a través de las revistas. También me gustaba dibujar calaveras y copiaba las portadas de la banda. De esos años me acuerdo perfecto de andar con tatuajes falsos. Me compré unos en la Zofri de Iquique —porque iba a ver a mi papá allá— esos que se pegaban con agua, me creía la raja con los tatuajes, rudo. A los quince años me tatué un yin yang con delfines en la feria artesanal de Santa Lucía,  Me gustaba el mar, entrenaba artes marciales, y esa combinación tenía sentido para mí en ese momento. Nunca supe el nombre de mi tatuador.

Después vino el punk, me fui a vivir a Iquique con mi viejo,  y me volví a tatuar, esta vez con un trasher que le decían Marcelillo —creo que ya no tatúa—, máquina hechiza siempre. Fue hacia finales de los años noventa, pero todavía se sentía la dictadura, y la gente era bastante enemiga entre sí. Eso explica, creo, en parte, por qué el conocimiento del oficio se guardaba tanto, tenías que ser amigo de alguien para que te explicara cosas.

Primero estudié gastronomía, pero siempre me juntaba con gente rockera, punky o con ideas contraculturales. Mientras aún cocinaba, el 2005 —yo ya tenía interés en esto y el tatuaje estaba en un boom— le pregunté a una amiga que estudiaba historia en la universidad si existían libros sobre la historia del tatuaje y me dijo que no. En ese tiempo también le compré una máquina antigua —de chasis de aluminio que todavía conservo— a “Pepe Roten”, un tatuador que conocí trabajando en una cocina, luego me acerqué a otros tatuadores pero no logré seguir desarrollando un lado más artístico. Me gusta dibujar pero no es precisamente mi fuerte y creo que para esto tienes que darle con todo al dibujo, aparte creo que mayormente me topé con huevones pesados y creídos que no estaban en la onda de compartir lo que sabían.

Años más tarde, estudiando periodismo, entre 2008 y el 2013, hice mi práctica en The Clinic y el editor me mandó a escribir sobre un tatuador antiguo ligado al fútbol. Ahí me di cuenta de que no había mucha información de respaldo, no había contexto y pensé que era una buena oportunidad de investigar y hacer un libro. La investigación fue mi ramo favorito siempre y empecé a soñar y en grande. Yo no cachaba la industria del libro así que fui un poco iluso pensando que sería fácil hacer un libro grande de historia en poco tiempo. 

Entre 2013 y 2018 estuve metido a fondo en el tema, aunque siempre junto con otro trabajo, full time o part time, en paralelo. La investigación es un trabajo profundamente incierto. Nunca sabes si en una semana vas a encontrar lo que buscas. Hay que golpear muchas puertas, sacrificar fines de semana, pillar y entrevistar a mucha gente, recorrer instituciones que muchas veces no tienen ni ganas de atenderte. He entrevistado a más de ciento cincuenta personas. He viajado por mi cuenta, dormido donde amigos me recibían y hasta en terminales de buses. Investigar es caro: cuesta tiempo, cuesta dinero para el transporte, cuesta la incertidumbre de no saber si vas a encontrar algo. Pero también da una satisfacción enorme cuando la información aparece, o cuando descubres que lo que creías cierto no lo era y se abre una perspectiva nueva. Eso es, para mí, lo mejor de investigar: cómo te cambia la cabeza.

Una de las cosas que más me ha marcado en este proceso es notar que el tatuaje del siglo XX —hasta más o menos 1970— parece no tener ninguna conexión con el tatuaje que empecé a conocer desde los años ochenta en adelante. Es como si nunca hubiese existido un puente entre esas dos historias. Ninguno de los tatuadores que entrevisté y que trabajaron en los ochenta o noventa aprendió de algún tatuador de bar o de cantina: todos aprendieron solos, con una amigo, viendo alguna revista, inventando una máquina, o porque alguien trajo una idea de Brasil, de Estados Unidos o de Europa. 

Hoy la información está disponible en internet, los insumos se consiguen fácil, y creo que eso ha generado nuevos quiebres, pero a la vez siento que todavía estamos a tiempo de construir comunidad, de que los tatuadores más antiguos conecten con las nuevas generaciones. Recuperar la idea del aprendiz, de estudios donde el traspaso de conocimiento sea el verdadero valor del lugar.

Y de eso también tengo una convicción: el tatuaje no le pertenece a nadie. Ha existido, ha pasado por distintos momentos, lo han practicado distintas personas, y nadie tiene la última palabra sobre qué es, para qué sirve o quién puede o no tatuarse y tatuar. Quien quiere estar en el tatuaje, se queda en el tatuaje —lo haga muy bien o muy mal— porque simplemente lo atrae.

Persistencias y pausas

En algún momento del 2016 creo, incluso renuncié  a un trabajo estable para dedicarle más tiempo a mi investigación, pero no funcionó: no daba para subsistir siendo part-time. Después de ese momento encontré una pega en una empresa de arriendo de casas vacacionales (Vacasa), donde era parte del equipo de fotografía. Me fue bien, me absorbió, estuve 8 años ahí, pasé la pandemia, el estallido social y estaba creciendo en el mundo corporativo y de liderazgo, pero creo que nunca estaba totalmente feliz con lo que hacía y nunca dejé de pensar en mi libro, era como algo que no me dejaba en paz, pensar que me podía morir sin publicar todo lo investigado, como un deber después de acercarte a tanta gente para preguntarles cosas, me parecía imposible no concretar. 

Postulé a fondos públicos y no los gané. Toqué la puerta de algunas editoriales y tampoco mostraron mucho interés. Por eso decidí estudiar un magíster en edición mientras seguía trabajando: ese tiempo no fue tiempo muerto, fue cuando empecé a desarrollar mi lado editorial, ayudando a publicar el libro de un amigo y metiéndome de a poco en ese mundo. También me di cuenta que el mundo editorial es súper complejo y caro. Fue un baño de realidad, un poco desalentador. 

Ahorré lo suficiente para imprimir, que es lo más caro, así que elegí concentrarme en el período de 1900 a 1970, que me parecía el más completo y claro para convertirse en libro. Publicar siempre es un riesgo —te puedes quedar con las cajas de libros en la casa, o simplemente a nadie le interesa lo que escribiste— y por eso tampoco intenté abarcar toda la historia de una vez. Me puse en contacto con mi profesora de diseño editorial y nos pusimos manos a la obra. El libro se publicó en abril de 2025.

En septiembre de 2025 me despidieron de la empresa donde trabajaba (Vacasa) y volví a estar en la incertidumbre, pero me dediqué a vender el libro y por suerte le ha ido bien. Con el finiquito he podido tener algo de respaldo. Mi último trabajo dependiente fue en Lo Valledor, trabajando junto a una señora muy comerciante, donde terminé de entender mi propósito. Ella me hizo ver que tenía que dedicarme a esto, solo a esto, y buscar la manera de sobrevivir haciéndolo. así que me la estoy jugando al 100% y  ahí terminé de confirmar que el tatuaje, los libros, la investigación es lo que siempre he querido hacer.

Durante este camino también fundé Tattoo Research pensado inicialmente para cubrir la actualidad del tatuaje además de investigar su historia. Aunque en la práctica rara vez alcanza el tiempo para las dos cosas a la vez, sigo publicando ahí de tanto en tanto y se ha transformado oficialmente en mi centro de investigación donde espero almacenar información histórica y armar una web interesante. 

El ahora

El proyecto que hoy concentra mi energía es Brío Ediciones, mi editorial, desde donde busco seguir sacando estos libros y donde aparecen otras tareas y oficios como llevar los libros a las librerías, hacer guías de despacho, pedir que te informen las ventas, emitir facturas, pagar impuestos, ordenar los trámites legales. Investigador, editor, publicista, vendedor: son oficios distintos que hoy tengo que ejercer todos a la vez, sabiendo que el que más me gusta —investigar— no es necesariamente el que más urgente resulta cada semana.

Todavía queda mucho por publicar: la etapa prehispánica y la de los marineros antiguos, y también el período posterior a 1970 hasta aproximadamente 2010, donde ni siquiera es fácil decidir dónde termina la “historia” y empieza la “historia reciente”. El tatuaje cambia rápido y no da tregua.

El tatuaje me ha acompañado toda la vida aunque ahora lo tomo desde el lado editorial. La industria del libro, igual que la del tatuaje, no es para hacerse rico, son productos que no son de primera necesidad, los márgenes son acotados y el riesgo es alto. Pero es la primera vez que siento que puedo vivir de lo que me gusta.

Este año me invitaron a dar una charla en Noruega y otra en el Museo Histórico Nacional que, según me dijeron los organizadores, fue la más exitosa que han tenido. Cosas así me hacen pensar que voy por buen camino, que este trabajo —que muchas veces se hace en silencio, entre archivos y entrevistas— sí le importa a alguien más además de a mí. Me gustaría, algún día, tener una librería con un catálogo fuerte de arte corporal pero también de divulgación científica, naturaleza, gráfica y pensamiento crítico, además de crear un espacio cultural entretenido, no se pierde nada con seguir soñando tratando de siempre seguir el rumbo inicial.